lunes, 14 de septiembre de 2026

Alzar la mirada por Angel Gomera

 Alzar la mirada

En el año 1946, el líder colombiano Jorge Eliécer Gaitán pronunció una célebre conferencia en el Teatro Municipal en Bogotá, durante el proceso de su campaña presidencial; en la que reflexionaba acerca de la ceguera voluntaria y el miedo al cambio en la sociedad; este señalaba; cito sus palabras que: “Parece que a este nuestro pueblo, al igual del personaje de Poe, lo ha invadido la irremediable cobardía de no abrir los ojos, no tanto por esquivar la visión de horribles cosas cuanto por el fundado temor de no ver nada”.

Esa cita de Gaitán me llama poderosamente la atención por la relación que contiene; claro cuidando el contexto, el tiempo y la finalidad, con el lema o consigna que utilizó el Papa León XIV en su viaje apostólico reciente a España, en la que invita con mucha claridad y profundidad a: alzad la mirada”.

Aduzco que ambos enunciados se relacionan de manera crítica; porque su intención no estriba en tratar de que físicamente se procure solo de mirar hacia arriba o abrir simplemente los ojos; sino que tanto una como la otra proponen que renazca conscientemente la actitud de un cambio en la forma de mirar; contemplando pues, aquello que antes no se veía.

En ese sentido, entiendo que el cantautor español Joaquín Sabina, en un momento dado, lo puso en práctica, al repensar su trayectoria, declaró en ese tránsito o evolución ideológica de “tener ojos, oídos y cabeza para ver las cosas que están pasando”.

Creo pues, que es un ejercicio de humildad y valentía, asumir la defensa de la perspectiva crítica y la conciencia activa por encima de la simple percepción visual; ya que esto permite transformar la realidad en lugar de simplemente resignarnos a la mera primera impresión, a bajar la cabeza o cerrar los ojos por cobardía o ensimismamiento.

Entender, que no se puede vivir solo mirando al suelo, interpretando la vida desde una famélica visión, dejándose desgastar por las preocupaciones, cansancios y lamentaciones, extraviándose en el camino del orgullo, el ruido y la indiferencia, olvidando que hay oportunidad de levantar la mirada y apuntar al cambio. Potencializar la capacidad del encuentro en cada uno, humaniza la mirada y permite reconocer las fragilidades y soledades en un mundo cada vez más complejo.

Por ende, urge alzar la mirada, ante esa prisa que convierte al otro en un ser invisible o descartado. Detente a mirar sus ojos sin inmediatez y pantallas tecnológicas que generen obstáculos o distracciones; pon oídos de escucha activa sin adelantar juicios huecos, para así comprender las emociones profundas, identificar los sufrimientos no expresados y descubrir las necesidades concretas que se anida en aquél carenciado de atención y cuidado.

Levantar la mirada es el antídoto contra la parálisis emocional y social; es salir de sí mismo, del pesimismo, de la incertidumbre, de las excusas; y lanzarte con determinación, asumiendo el compromiso activo de transformar la realidad, haciendo la transición de pasar desde la contemplación pasiva a la urgencia de actuar.

Apura en asumir el llamado de recuperar la empatía, la fraternidad y la solidaridad. Frente a la inercia del individualismo y el fatalismo; virus estos, que fraccionan, excluyen y hacen del ser humano un robot impasible que no reacciona y se olvida de sus semejantes. Que belleza gratificante es descubrir que puede ser respuesta de luz para alguien.

Asimismo, alzar la mirada es la búsqueda de consensos en una humanidad fragmentada. Buscar sólo culpables tiende a ser un mecanismo rápido y efectivo para canalizar la frustración, pero a la larga resulta infecundo. En un entorno polarizado o en crisis, dedicarse solo a señalar suele ser una vía de escape que anula el diálogo, deteriora la confianza, desgasta las relaciones y el bien común, sustituyendo el progreso por la reprensión.

Buscar responsables de los problemas puede aliviar en lo inmediato; pero hacerse cargo en la solución se requiere madurez y a esto se le quiere sacar la vuelta.  Es que en la mayoría de los casos se pierde tiempo en discutir sobre quién tiene razón, cuando se debería brindar más tiempo en preguntarse qué hacer juntos para ser parte de la solución que se anhela.

Por consiguiente, elevar la mirada, se trata de no perder la capacidad de asombro ante el grito de tantos huérfanos y víctimas, fruto de una violencia salvaje que lástima de manera extrema y vil la belleza de la dignidad humana. Ante esas horribles tragedias es un imperativo ético y moral de no normalizar el dolor ajeno o convertir estas, como simples estadísticas frías.

Alzar la mirada es un llamado urgente a transformar la miopía del desdén o “el me da lo mismo” en acción, asumiendo la responsabilidad ciudadana frente a la crisis climática y la degradación de nuestros ecosistemas. Es vital combatir siempre, la degradación de los ríos, la contaminación, la deforestación y la pérdida de nuestra cobertura vegetal con el esfuerzo sostenido de todos.

Alzar la mirada es, en efecto, un poderoso llamado a la seguridad vial y un recordatorio urgente frente al dolor de tantas pérdidas irreparables por los accidentes de tránsito. Detrás de cada cifra en esas estadísticas de siniestros viales, hay una historia, una familia mutilada y un futuro tronchado que no puede dejarse de mirar. La suma de esas tragedias marca la sociedad.

Definitivamente, se necesita alzar la mirada más allá, sin máscaras ni poses, ante tantas realidades y motivos que están a la vista. Por tanto, esto es un emplazamiento a la resiliencia y a la autoconfianza. Para superar cualquier desafío, hay que levantar la mirada y caminar con esperanza y constancia, incluso cuando los resultados tarden en llegar; pero nunca desmayar en la búsqueda de la verdad, la justicia social y la construcción de un mundo mejor.

 

ANGEL GOMERA



El valor de la vida ante la deshumanización por Angel Gomera

 El valor de la vida ante la deshumanización

No deja de inquietar en lo más profundo, el observar como la progresiva degradación moral y social, conduce peligrosamente a la sociedad al fenómeno de la deshumanización; revelando así, una sombría brecha entre los principios éticos y las prácticas impersonales que dominan la actualidad.

Lo expresado anteriormente más que inducir a caer en una postura extrema de desaliento es una oportunidad para analizar cómo evitar que la dignidad humana y el valor de la vida se degraden cada día más, a pesar de los tantos tratados, discursos, ensayos y leyes existentes.

Por tanto, es indispensable pasar de transformar esos principios que se tornan en la práctica en abstractos, hacia acciones más concretas y efectivas. También, es necesario que esto no sólo se trate como una cuestión jurídica, sino también un problema muy serio, en el entendido del enorme sufrimiento que genera.

Por ende, es ineludible realizar una parada que posibilite reflexionar en lo particular y colectivo sobre el valor de la vida humana; para luego proceder a disipar ese espíritu de la deshumanización y muerte; el cual campea crudamente en la sociedad actual, evaporizando con su olor repugnante la belleza de la dignidad y amenazando despiadadamente el respeto a la vida.

En ese orden, obliga por empezar a no caer en relativizar la protección a la vida; ya que de establecerse ese criterio abriría la puerta a la justificación de la violencia, la discriminación y la vulneración de los derechos humanos contra los más débiles. Entender que cuando la existencia humana pierde su carácter sagrado o innegociable, la sociedad corre el riesgo de caer en la insensibilización moral.

Al respecto, se sugiere que antes de pretender relativizar un derecho fundamental absoluto como lo es el principio a la vida; lo mejor sería crear un ambiente favorable a ese valor inalienable, no contrario a este. Esto obliga a entender que atentar contra la dignidad ajena no solo perjudica a la víctima, sino que también corrompe al agresor. Al violar la dignidad de otro, quien actúa se degrada a sí mismo, perdiendo su propia integridad moral.

El punto clave de lo expresado con anterioridad es tener claro que cuando la vida humana se banaliza, se reduce a un mero instrumento, utilidad o número, lo que inevitablemente abre la puerta a la deshumanización.

En ese contexto, la filósofa Hannah Arendt advierte que “la muerte de la empatía humana es uno de los primeros y más reveladores signos de una cultura a punto de caer en la barbarie”; con esta frase luminosa se resalta cómo la incapacidad de sentir y pensar desde el punto de vista del otro allana el camino para la violencia y la deshumanización.

Por consiguiente, para construir un ambiente favorable al respeto de la vida que reconozca la humanidad en los demás sin excepción; el Estado debe implementar políticas públicas integradas y programas sociales que prioricen los derechos humanos de toda la colectividad. Estas políticas deben superar el individualismo y las ambiciones desmedidas de unos pocos, promoviendo la dignidad, la igualdad y la justicia social.

Asimismo, urge humanizar aquellos espacios que se han deshumanizado; pero para lograr ser efectivo en tal propósito, se requiere detener el ciclo de tratar a las personas como objetos o medios para un fin. Por ejemplo, no se puede seguir normalizando desde las redes sociales y ciertos programas interactivos en radio y televisión, esos insultos soeces y esas actitudes de desprecio que terminan erosionando la empatía.

De igual manera, nunca dejará de ser una prioridad humanizar la atención sanitaria y la seguridad social teniendo como centro el respeto a la persona. Su cumplimiento es clave para prevenir sufrimientos y garantizar equidad en el acceso a esos servicios esenciales.

Por igual, el respeto al valor de la vida se debe comunicar para el bien de la dignidad, lo que implica ejercer la palabra y la imagen con responsabilidad, respetando el honor, el buen nombre y la integridad de las personas. Hay que reconocer que todo lenguaje deshumanizador va de la mano con el comportamiento violento y esto tiende a dañar el tejido social.

En tal sentido, se requiere empezar a desarmar el lenguaje; es decir, aprender a medir lo que vamos a decir. Dado que una palabra le da vida al amor y otra puede matar al corazón. Comprender que, un gesto de comprensión, reconocimiento o ternura revive la sana convivencia; en cambio, una crítica ácida, un silencio hostil, una mentira o calumnia pestilente destruye.

En definitiva, urge promover el valor de la vida como resistencia auténtica a la inhumanidad; el cual no se limita a grandes hazañas históricas o esporádicas; reside en pequeños actos de misericordia y humanidad diaria que den constancia del bien, incluso cuando nadie observa. Por ejemplo, en elegir el perdón frente al resentimiento; la bondad ante la crueldad; la cordura y la prudencia como herramientas fundamentales para desactivar la ira; la empatía como antídoto directo contra la indiferencia e insensibilidad, entre otros más.

La suma de gestos de amor, respeto o cuidado, repetido con perseverancia, genera un cambio profundo, esperanzador y sostenible en el entorno. Estas pequeñas decisiones cotidianas transforman las relaciones, fortalecen la comunidad y construyen una cultura de humanidad sin necesidad de reflectores.

 

ANGEL GOMERA