viernes, 17 de abril de 2026

Un corazón envuelto en trozos de primavera por Ángel Gomera

 



Un corazón envuelto en trozos de primavera


El corazón, lugar de las decisiones más profundas, donde conviven valores, designios y anhelos en un ambiente de emociones sublimes; es ahí donde florecen los almendros envueltos en versos, dejando atrás el otoño agreste que deshojó las ilusiones perdidas y aquel crudo invierno cargado de episodios fríos, dando cabidas a días cálidos repletos de fragancias rosales y perfumes.

El corazón, como espacio interior, representa lo que está detrás de la apariencia, donde se propicia en sus llanuras áridas, las verdaderas luchas de una vida que peregrina atravesando con valentía lo banal y falaz; decidida pues, a superar en cada tramo y pulsación la valoración superficial de esa imagen que no dice nada de lo que realmente debe ser, porque engaña.

El corazón, jardín edénico donde se cultiva la sinceridad; libre de poses, disimulos o espinos; escena en el que se vive con verdad y poesía, cuando se consiente libremente a que la llama divina penetre el interior e ilumine todas las zonas oscuras y falsedades más escabrosas y enredadas del alma, dándole cabida con vigor, a que renazca una existencia envuelta en armonía y plenitud.

El corazón, zona de las cosas que nadie dice, espacio de misterio e intimidad con lo sagrado. Donde más allá del discurso se habla en silencio, guiado con la brújula de la fe hacia el oasis de la paz serena. Donde más allá de las dunas calientes y sufrientes, con su entrega sin medida hace posible que se convierta cada grano de arena del desierto en pétalos de amor de una eterna primavera.

El corazón, sitio fecundo de lo auténtico, donde no solo se actúa con coherencia dejando huellas de luz en cada paso, sino que, en procura de alcanzar el ideal verdadero, se detiene a escuchar atentamente ese latido interno que le guía hacia lo realmente trascendente, más allá de los vaivenes líquidos de la vida. Es en ese nido donde la belleza de la realidad es más profunda y plena que la falsedad de la apariencia camaleónica, que sólo desdibuja la propia identidad.

El corazón, parnaso que conserva la verdad desnuda; allí en sus cuencas altas, las intenciones profundas emergen sin filtros ni máscaras, revelando la sinceridad trascendental del ser, que germina entre rimas y armonías, entre luz y follajes, entre cantos y libertad. Allí en sus cumbres cubiertas de nubes tropicales, se batalla denodadamente contra la indiferencia y la ira, los ruidos y la prisa; a fin de permanecer fiel a lo real, a la suprema bondad infinita.

El corazón, rincón de lo propio, donde las emociones utópicas cobran forma, logrando que el alma se revele sabiamente con gestos de abrazos, sonrisas y ternuras compartidas. Ahí en ese refugio físico-espiritual los ojos del alma se mantienen alertas; evitando que las distracciones digitales y los pensamientos fantasmagóricos logren sacarte del camino; ni que el pesimismo consiga inmovilizar los pasos del propósito, ni mucho menos que la resignación congele las fuerzas que provienen de la esperanza.

Definitivamente, para que el corazón viva hay que reconstruirlo con versos teofánicos de estética celestial; rociarlo con gotas sudorosas de perdón y misericordia; que se exulte en la verdad y se deleite en la urdimbre del amor inagotable; que experimente un éxtasis tan místico y único, al colmar de luz y efluvio divino cada espacio sideral de sus praderas desprovistas de primavera. Y por supuesto, para que un corazón se mantenga vivo, se debe recuperar la soberanía de la dignidad robada por la oscuridad y la fragmentación.

 

ANGEL GOMERA 

Caminar hacia un mundo reconciliado por Ángel Gomera




Caminar hacia un mundo reconciliado


Hace tiempo atrás recibí una valiosa enseñanza con vigencia eterna, a través de un proceso de formación en el que participé, en donde a los presentes se nos orientó a que, si los hijos han presenciado una controversia en sus padres, deben también ver la reconciliación entre ellos, o por lo menos estar enterados de que hubo una resolución en ese orden.

Esa recomendación sabia y edificante, se filtró en mis cavilaciones peregrinas en unos de estos días, entre gotas de lluvias, destellos de relámpagos, una taza de té caliente y dándole seguimiento a las ocurrencias noticiosas e informaciones de sucesos nacionales e internacionales; hechos algunos que recrean el espíritu, otros que en gran volumen espantan el sosiego del alma por los niveles alarmantes de conflictividad.

Al recordar la enseñanza descrita anteriormente, me puse a imaginar cuántas guerras, sufrimientos, divisiones, violencias y pleitos se hubieran evitado en la humanidad, si pusiéramos en práctica o extrapoláramos ese método de llegar a un acuerdo como alternativa a la ocurrencia de los distintos conflictos, los cuales siempre han estado presentes a lo largo de la historia del mundo. Hacer de un conflicto una oportunidad para crecer es realmente aprender de las prácticas positivas de la historia, la cual permite construir un futuro más sabio, resiliente y humano.

Pues pensar, por ejemplo, en correspondencia a esa experiencia en el plano familiar, si nuestros hijos observan que como adultos nos retiramos la palabra entre uno y el otro, nos gritamos constantemente o ven al mismo tiempo como se enfría la relación; estos según los profesionales del área de psicología, están expuestos a sufrir problemas emocionales y de comportamiento.

Contrario sería, en términos positivos y edificador, cuando estos se enteran de que el desacuerdo fue abordado y resuelto; en ese caso, además de ayudarles a reducir los niveles de ansiedad, se está promoviendo en ellos su estabilidad emocional y reforzando a su vez, la sensación de seguridad y familia sólida a pesar de los momentos complejos. Esta importante enseñanza de vida en los hijos, de seguro en un futuro cercano más allá del entorno familiar, la pondrán en práctica, procurando dar testimonio de dichas experiencias de resolución vividas a través de los comportamientos saludables legados.

Entonces, si puedo soñar por tener un proyecto de vida familiar basado en el perdón y la reconciliación a través de esas buenas prácticas como la enunciada anteriormente; no veo que sea fantasioso ni ingenuo poder soñar con un mundo reconciliado como patrimonio común de la humanidad. Este anhelo por más atrevido que parezca puede generar transformaciones significativas si se lleva a la práctica con determinación y compromiso.

Esto lo refiero a pesar de observarse en la actualidad, como gobiernos consideran que igualando o superando la capacidad bélica nuclear y de destrucción masiva que tiene el otro o los otros, es la solución única que posibilita equilibrar fuerzas divergentes; pero, entiendo que lamentablemente lo que se logra es fomentar la rivalidad de discordias latentes que entran en un abierto conflicto interminable, cuando una de las fuerzas parece aventajar a otra.

Reitero con énfasis que, aspirar a este propósito no es una utopía estúpida ni fantasiosa reitero, es un ideal necesario y vital que debe activarse entre personas, culturas y naciones hoy más que nunca donde estallidos de violencias se dan por doquier; aun estando consciente que impulsar la reconciliación enfrenta una vorágine inmensa de desafíos humanos, quiebres egoístas y heridas históricas que hace inclinar la balanza al pesimismo o hacer parecer esto como algo irrealizable.

Por eso, para que sea posible caminar hacia ese propósito, se debe transformar al ser humano desde adentro,  a fin de que se haga efectivo generar esos cambios de percepciones y actitudes en el mundo; lograr un mundo reconciliado no surge desde la base de la imposición, ni debe aflorar como una herramienta de hegemonía; este debe ser un proceso voluntario, libre, profundo y necesario para sanar esas pesadas montañas de heridas históricas que tiende a resurgir con elementos radiactivos furibundos y dañan.

Por ende, pretender forzarla es un soberano error que puede provocar más sufrimiento e ir en contra de la verdad. Tampoco ha de tratarse como una estrategia para ignorar las diferencias, ni un ejercicio de tratar de que se imponga el olvido, sino de transformar el dolor en diálogo, justicia y paz perdurable. En ese orden, hay que abordarlo con respeto a la dignidad, buscando soluciones colaborativas que hagan posible reconstruir de manera efectiva relaciones y sociedades dañadas.

En definitiva, esta época demanda de gestos visibles y concretos, pequeños y grandes, en todo el orden planetario, de comprensión mutua y reconciliación que silencien los ruidos de la destrucción, la división, el odio, la venganza, la desesperanza, la falta de reconocimiento del otro, el uso constante de la agresividad y la violencia. Pero sobre todo, que sane a la humanidad de esas llagas de un pasado turbulento a un futuro pacífico de la mano con la reconciliación y la paz en un mundo fragmentado. 

 

ANGEL GOMERA