lunes, 14 de septiembre de 2026

Alzar la mirada por Angel Gomera

 Alzar la mirada

En el año 1946, el líder colombiano Jorge Eliécer Gaitán pronunció una célebre conferencia en el Teatro Municipal en Bogotá, durante el proceso de su campaña presidencial; en la que reflexionaba acerca de la ceguera voluntaria y el miedo al cambio en la sociedad; este señalaba; cito sus palabras que: “Parece que a este nuestro pueblo, al igual del personaje de Poe, lo ha invadido la irremediable cobardía de no abrir los ojos, no tanto por esquivar la visión de horribles cosas cuanto por el fundado temor de no ver nada”.

Esa cita de Gaitán me llama poderosamente la atención por la relación que contiene; claro cuidando el contexto, el tiempo y la finalidad, con el lema o consigna que utilizó el Papa León XIV en su viaje apostólico reciente a España, en la que invita con mucha claridad y profundidad a: alzad la mirada”.

Aduzco que ambos enunciados se relacionan de manera crítica; porque su intención no estriba en tratar de que físicamente se procure solo de mirar hacia arriba o abrir simplemente los ojos; sino que tanto una como la otra proponen que renazca conscientemente la actitud de un cambio en la forma de mirar; contemplando pues, aquello que antes no se veía.

En ese sentido, entiendo que el cantautor español Joaquín Sabina, en un momento dado, lo puso en práctica, al repensar su trayectoria, declaró en ese tránsito o evolución ideológica de “tener ojos, oídos y cabeza para ver las cosas que están pasando”.

Creo pues, que es un ejercicio de humildad y valentía, asumir la defensa de la perspectiva crítica y la conciencia activa por encima de la simple percepción visual; ya que esto permite transformar la realidad en lugar de simplemente resignarnos a la mera primera impresión, a bajar la cabeza o cerrar los ojos por cobardía o ensimismamiento.

Entender, que no se puede vivir solo mirando al suelo, interpretando la vida desde una famélica visión, dejándose desgastar por las preocupaciones, cansancios y lamentaciones, extraviándose en el camino del orgullo, el ruido y la indiferencia, olvidando que hay oportunidad de levantar la mirada y apuntar al cambio. Potencializar la capacidad del encuentro en cada uno, humaniza la mirada y permite reconocer las fragilidades y soledades en un mundo cada vez más complejo.

Por ende, urge alzar la mirada, ante esa prisa que convierte al otro en un ser invisible o descartado. Detente a mirar sus ojos sin inmediatez y pantallas tecnológicas que generen obstáculos o distracciones; pon oídos de escucha activa sin adelantar juicios huecos, para así comprender las emociones profundas, identificar los sufrimientos no expresados y descubrir las necesidades concretas que se anida en aquél carenciado de atención y cuidado.

Levantar la mirada es el antídoto contra la parálisis emocional y social; es salir de sí mismo, del pesimismo, de la incertidumbre, de las excusas; y lanzarte con determinación, asumiendo el compromiso activo de transformar la realidad, haciendo la transición de pasar desde la contemplación pasiva a la urgencia de actuar.

Apura en asumir el llamado de recuperar la empatía, la fraternidad y la solidaridad. Frente a la inercia del individualismo y el fatalismo; virus estos, que fraccionan, excluyen y hacen del ser humano un robot impasible que no reacciona y se olvida de sus semejantes. Que belleza gratificante es descubrir que puede ser respuesta de luz para alguien.

Asimismo, alzar la mirada es la búsqueda de consensos en una humanidad fragmentada. Buscar sólo culpables tiende a ser un mecanismo rápido y efectivo para canalizar la frustración, pero a la larga resulta infecundo. En un entorno polarizado o en crisis, dedicarse solo a señalar suele ser una vía de escape que anula el diálogo, deteriora la confianza, desgasta las relaciones y el bien común, sustituyendo el progreso por la reprensión.

Buscar responsables de los problemas puede aliviar en lo inmediato; pero hacerse cargo en la solución se requiere madurez y a esto se le quiere sacar la vuelta.  Es que en la mayoría de los casos se pierde tiempo en discutir sobre quién tiene razón, cuando se debería brindar más tiempo en preguntarse qué hacer juntos para ser parte de la solución que se anhela.

Por consiguiente, elevar la mirada, se trata de no perder la capacidad de asombro ante el grito de tantos huérfanos y víctimas, fruto de una violencia salvaje que lástima de manera extrema y vil la belleza de la dignidad humana. Ante esas horribles tragedias es un imperativo ético y moral de no normalizar el dolor ajeno o convertir estas, como simples estadísticas frías.

Alzar la mirada es un llamado urgente a transformar la miopía del desdén o “el me da lo mismo” en acción, asumiendo la responsabilidad ciudadana frente a la crisis climática y la degradación de nuestros ecosistemas. Es vital combatir siempre, la degradación de los ríos, la contaminación, la deforestación y la pérdida de nuestra cobertura vegetal con el esfuerzo sostenido de todos.

Alzar la mirada es, en efecto, un poderoso llamado a la seguridad vial y un recordatorio urgente frente al dolor de tantas pérdidas irreparables por los accidentes de tránsito. Detrás de cada cifra en esas estadísticas de siniestros viales, hay una historia, una familia mutilada y un futuro tronchado que no puede dejarse de mirar. La suma de esas tragedias marca la sociedad.

Definitivamente, se necesita alzar la mirada más allá, sin máscaras ni poses, ante tantas realidades y motivos que están a la vista. Por tanto, esto es un emplazamiento a la resiliencia y a la autoconfianza. Para superar cualquier desafío, hay que levantar la mirada y caminar con esperanza y constancia, incluso cuando los resultados tarden en llegar; pero nunca desmayar en la búsqueda de la verdad, la justicia social y la construcción de un mundo mejor.

 

ANGEL GOMERA



El valor de la vida ante la deshumanización por Angel Gomera

 El valor de la vida ante la deshumanización

No deja de inquietar en lo más profundo, el observar como la progresiva degradación moral y social, conduce peligrosamente a la sociedad al fenómeno de la deshumanización; revelando así, una sombría brecha entre los principios éticos y las prácticas impersonales que dominan la actualidad.

Lo expresado anteriormente más que inducir a caer en una postura extrema de desaliento es una oportunidad para analizar cómo evitar que la dignidad humana y el valor de la vida se degraden cada día más, a pesar de los tantos tratados, discursos, ensayos y leyes existentes.

Por tanto, es indispensable pasar de transformar esos principios que se tornan en la práctica en abstractos, hacia acciones más concretas y efectivas. También, es necesario que esto no sólo se trate como una cuestión jurídica, sino también un problema muy serio, en el entendido del enorme sufrimiento que genera.

Por ende, es ineludible realizar una parada que posibilite reflexionar en lo particular y colectivo sobre el valor de la vida humana; para luego proceder a disipar ese espíritu de la deshumanización y muerte; el cual campea crudamente en la sociedad actual, evaporizando con su olor repugnante la belleza de la dignidad y amenazando despiadadamente el respeto a la vida.

En ese orden, obliga por empezar a no caer en relativizar la protección a la vida; ya que de establecerse ese criterio abriría la puerta a la justificación de la violencia, la discriminación y la vulneración de los derechos humanos contra los más débiles. Entender que cuando la existencia humana pierde su carácter sagrado o innegociable, la sociedad corre el riesgo de caer en la insensibilización moral.

Al respecto, se sugiere que antes de pretender relativizar un derecho fundamental absoluto como lo es el principio a la vida; lo mejor sería crear un ambiente favorable a ese valor inalienable, no contrario a este. Esto obliga a entender que atentar contra la dignidad ajena no solo perjudica a la víctima, sino que también corrompe al agresor. Al violar la dignidad de otro, quien actúa se degrada a sí mismo, perdiendo su propia integridad moral.

El punto clave de lo expresado con anterioridad es tener claro que cuando la vida humana se banaliza, se reduce a un mero instrumento, utilidad o número, lo que inevitablemente abre la puerta a la deshumanización.

En ese contexto, la filósofa Hannah Arendt advierte que “la muerte de la empatía humana es uno de los primeros y más reveladores signos de una cultura a punto de caer en la barbarie”; con esta frase luminosa se resalta cómo la incapacidad de sentir y pensar desde el punto de vista del otro allana el camino para la violencia y la deshumanización.

Por consiguiente, para construir un ambiente favorable al respeto de la vida que reconozca la humanidad en los demás sin excepción; el Estado debe implementar políticas públicas integradas y programas sociales que prioricen los derechos humanos de toda la colectividad. Estas políticas deben superar el individualismo y las ambiciones desmedidas de unos pocos, promoviendo la dignidad, la igualdad y la justicia social.

Asimismo, urge humanizar aquellos espacios que se han deshumanizado; pero para lograr ser efectivo en tal propósito, se requiere detener el ciclo de tratar a las personas como objetos o medios para un fin. Por ejemplo, no se puede seguir normalizando desde las redes sociales y ciertos programas interactivos en radio y televisión, esos insultos soeces y esas actitudes de desprecio que terminan erosionando la empatía.

De igual manera, nunca dejará de ser una prioridad humanizar la atención sanitaria y la seguridad social teniendo como centro el respeto a la persona. Su cumplimiento es clave para prevenir sufrimientos y garantizar equidad en el acceso a esos servicios esenciales.

Por igual, el respeto al valor de la vida se debe comunicar para el bien de la dignidad, lo que implica ejercer la palabra y la imagen con responsabilidad, respetando el honor, el buen nombre y la integridad de las personas. Hay que reconocer que todo lenguaje deshumanizador va de la mano con el comportamiento violento y esto tiende a dañar el tejido social.

En tal sentido, se requiere empezar a desarmar el lenguaje; es decir, aprender a medir lo que vamos a decir. Dado que una palabra le da vida al amor y otra puede matar al corazón. Comprender que, un gesto de comprensión, reconocimiento o ternura revive la sana convivencia; en cambio, una crítica ácida, un silencio hostil, una mentira o calumnia pestilente destruye.

En definitiva, urge promover el valor de la vida como resistencia auténtica a la inhumanidad; el cual no se limita a grandes hazañas históricas o esporádicas; reside en pequeños actos de misericordia y humanidad diaria que den constancia del bien, incluso cuando nadie observa. Por ejemplo, en elegir el perdón frente al resentimiento; la bondad ante la crueldad; la cordura y la prudencia como herramientas fundamentales para desactivar la ira; la empatía como antídoto directo contra la indiferencia e insensibilidad, entre otros más.

La suma de gestos de amor, respeto o cuidado, repetido con perseverancia, genera un cambio profundo, esperanzador y sostenible en el entorno. Estas pequeñas decisiones cotidianas transforman las relaciones, fortalecen la comunidad y construyen una cultura de humanidad sin necesidad de reflectores.

 

ANGEL GOMERA


jueves, 30 de abril de 2026

Foro nacional por una cultura de paz por Angel Gomera

 Foro nacional por una cultura de paz

La violencia es tragedia en todos sus ángulos. Su fin es solucionar absolutamente nada; más bien todo lo que toca lo destruye. El daño que esta ocasiona va más allá de lo físico, provocando a su vez incertidumbre, ansiedad, depresión, desasosiego, entre otros traumas diversos en la salud mental del individuo, de la familia y la sociedad.

Esta, se alimenta de lo salvaje, porque se nutre de lo irracional, es decir de aquello que desdice la razón. De ahí es que observamos actitudes de ciudadanos que se dejan controlar por la ira o rabia ante un momento o conflicto dado.

Su excitación lo lleva al extremo de convertirse en ¨mecha corta¨ en su manera de comportarse ante posiciones disímiles o contrarias a la suya. Su desesperación le nubla de tal modo que reacciona agrediendo, peleando, ofendiendo con ligereza o hasta quitándole la vida al otro.

La violencia se sostiene de lo insensible porque emana de la desgracia de un corazón duro, que no se aflige ante el dolor que puede ocasionar ante un ser semejante. El problema de ese tipo de conducta es que se tiende a perder la capacidad de asombro ante el sufrimiento de los demás.

Lo dicho anteriormente resulta sumamente peligroso y amenazante para toda nación que anhela el desarrollo, el progreso y la paz. En el entendido que la pérdida gradual de la sensibilidad social trae como consecuencia desfavorable el fortalecimiento de una cultura de violencia.

La violencia desconoce y es irreverente ante la seguridad humana, ya que su contrasentido es privar a la persona en toda su dignidad.

De ahí es que su objetivo soez es vanagloriarse del aumento de la pobreza y de todas formas de inseguridad social; se satisface plenamente de las desigualdades económicas, políticas y de la falta de acceso a la justicia; aplaude ver poblaciones diezmadas por el hambre y las enfermedades; celebra la destrucción al medio ambiente y los recursos naturales.  

Es que lamentablemente, la violencia niega y adversa con denodada vileza, el respeto a la vida como derecho fundamental en donde derivan los demás derechos humanos. Ya que su misión execrable es desvalorizar, desconsiderar, dañar y despreciar la belleza creadora de la dimensión humana.

Analizado en los párrafos anteriores, lo que genera como cáncer el concepto de violencia; entonces esto nos debe mover a prestarle atención como Estado a que nuestra sociedad no sucumba ante este horrible y pernicioso flagelo.

¿Por qué debe movernos a preocupación?

Dado el hecho que en República Dominicana las muertes en convivencia siguen siendo la principal causa de homicidios. Esto lo sustentamos en las cifras estadísticas emitidas por el Centro de Análisis de Datos de la Seguridad Ciudadana (CADSECI), que alimenta el Observatorio Ciudadano del Ministerio de Interior y Policía, en el año 2019, donde se reportaron 689 muertes por convivencia; en el 2020, ocurrieron 662 homicidios por convivencia.

Mientras que, en el año 2021, los homicidios por convivencia representaron la principal causa de muerte violenta en República Dominicana, con 733 casos del total de 1,172 homicidios, lo que equivale al 62.5% del total, marcando un aumento del 11% frente al año 2020. En el 2022, se registraron 1,389 homicidios totales, de los cuales 797 (57.4%) fueron clasificados como conflictos de convivencia, 371 (26.7%) por delincuencia y 221 (15.9%) por situaciones desconocidas.

Asimismo, según el CADSECI, en el 2023 los homicidios por conflictos de convivencia representaron el 57.4 % del total de muertes violentas registradas; en el año 2024 se registraron en el país 1,374 homicidios, situando la tasa en un 9.6 por ciento; en el 2025 el país cerró con 951 homicidios intencionales, para una tasa de 8.7 por cada 100,000 habitantes.

¿Qué debemos hacer ante esta situación que evidencia el irrespeto a la vida?

Considero que es impostergable el diseño, promoción e implementación de una cultura de paz y resolución de conflictos que sea transversal a las políticas públicas a corto, mediano y largo plazo en materia de seguridad ciudadana.

Es que necesariamente debemos estar claros, que la paz no llega sola, se debe creer en ella desde las profundas llanuras fértiles del corazón. Trabajarla cada día con entusiasmo, compasión, inteligencia, decisión, entrega, ilusión y sentido de humanidad. 

Entender que la paz parte de una construcción colectiva; es decir, debe concebirse como un propósito común que genera esperanza, estabilidad, seguridad, por lo que esta debe estar garantizada y tutelada por el Estado.

Para la efectiva construcción de la paz, es necesario colmarla de contenidos y esto conlleva movilización social, cambios institucionales, pluralismo y educación, instituciones incluyentes, comunicación efectiva y no violenta, inversión social, voluntad política de transformación social, pero más que todo, pide el compromiso y la participación activa de todos.

¿Qué proponemos ante los hechos de violencia que se vienen registrando en el país?

Planteamos la realización de una cumbre, foro, mesa, diálogo, encuentro nacional o como se le quiera denominar por una cultura de paz; en donde se discuta, analice, estudie el tema violencia con sus implicaciones y soluciones a considerar.

Que en dicho espacio participen representaciones de todas las fuerzas y expresiones vivas de la nación. Aquí debe primar la búsqueda de consensos más allá de las diferencias, en el entendido de que el adversario a contener es la violencia.

¨O caminamos juntos hacia la paz, o nunca la encontraremos¨ (Benjamín Franklin).

 

ÁNGEL GOMERA

Santo Domingo de Guzmán

angelgomera@gmail.com


Caminar hacia un mundo reconciliado

 Caminar hacia un mundo reconciliado

Hace tiempo atrás recibí una valiosa enseñanza con vigencia eterna, a través de un proceso de formación en el que participé, en donde a los presentes se nos orientó a que, si los hijos han presenciado una controversia en sus padres, deben también ver la reconciliación entre ellos, o por lo menos estar enterados de que hubo una resolución en ese orden.

Esa recomendación sabia y edificante, se filtró en mis cavilaciones peregrinas en unos de estos días, entre gotas de lluvias, destellos de relámpagos, una taza de té caliente y dándole seguimiento a las ocurrencias noticiosas e informaciones de sucesos nacionales e internacionales; hechos algunos que recrean el espíritu, otros que en gran volumen espantan el sosiego del alma por los niveles alarmantes de conflictividad.

Al recordar la enseñanza descrita anteriormente, me puse a imaginar cuántas guerras, sufrimientos, divisiones, violencias y pleitos se hubieran evitado en la humanidad, si pusiéramos en práctica o extrapoláramos ese método de llegar a un acuerdo como alternativa a la ocurrencia de los distintos conflictos, los cuales siempre han estado presentes a lo largo de la historia del mundo. Hacer de un conflicto una oportunidad para crecer es realmente aprender de las prácticas positivas de la historia, la cual permite construir un futuro más sabio, resiliente y humano.

Pues pensar, por ejemplo, en correspondencia a esa experiencia en el plano familiar, si nuestros hijos observan que como adultos nos retiramos la palabra entre uno y el otro, nos gritamos constantemente o ven al mismo tiempo como se enfría la relación; estos según los profesionales del área de psicología, están expuestos a sufrir problemas emocionales y de comportamiento.

Contrario sería, en términos positivos y edificador, cuando estos se enteran de que el desacuerdo fue abordado y resuelto; en ese caso, además de ayudarles a reducir los niveles de ansiedad, se está promoviendo en ellos su estabilidad emocional y reforzando a su vez, la sensación de seguridad y familia sólida a pesar de los momentos complejos. Esta importante enseñanza de vida en los hijos, de seguro en un futuro cercano más allá del entorno familiar, la pondrán en práctica, procurando dar testimonio de dichas experiencias de resolución vividas a través de los comportamientos saludables legados.

Entonces, si puedo soñar por tener un proyecto de vida familiar basado en el perdón y la reconciliación a través de esas buenas prácticas como la enunciada anteriormente; no veo que sea fantasioso ni ingenuo poder soñar con un mundo reconciliado como patrimonio común de la humanidad. Este anhelo por más atrevido que parezca puede generar transformaciones significativas si se lleva a la práctica con determinación y compromiso.

Esto lo refiero a pesar de observarse en la actualidad, como gobiernos consideran que igualando o superando la capacidad bélica nuclear y de destrucción masiva que tiene el otro o los otros, es la solución única que posibilita equilibrar fuerzas divergentes; pero, entiendo que lamentablemente lo que se logra es fomentar la rivalidad de discordias latentes que entran en un abierto conflicto interminable, cuando una de las fuerzas parece aventajar a otra.

Reitero con énfasis que, aspirar a este propósito no es una utopía estúpida ni fantasiosa reitero, es un ideal necesario y vital que debe activarse entre personas, culturas y naciones hoy más que nunca donde estallidos de violencias se dan por doquier; aun estando consciente que impulsar la reconciliación enfrenta una vorágine inmensa de desafíos humanos, quiebres egoístas y heridas históricas que hace inclinar la balanza al pesimismo o hacer parecer esto como algo irrealizable.

Por eso, para que sea posible caminar hacia ese propósito, se debe transformar al ser humano desde adentro,  a fin de que se haga efectivo generar esos cambios de percepciones y actitudes en el mundo; lograr un mundo reconciliado no surge desde la base de la imposición, ni debe aflorar como una herramienta de hegemonía; este debe ser un proceso voluntario, libre, profundo y necesario para sanar esas pesadas montañas de heridas históricas que tiende a resurgir con elementos radiactivos furibundos y dañan.

Por ende, pretender forzarla es un soberano error que puede provocar más sufrimiento e ir en contra de la verdad. Tampoco ha de tratarse como una estrategia para ignorar las diferencias, ni un ejercicio de tratar de que se imponga el olvido, sino de transformar el dolor en diálogo, justicia y paz perdurable. En ese orden, hay que abordarlo con respeto a la dignidad, buscando soluciones colaborativas que hagan posible reconstruir de manera efectiva relaciones y sociedades dañadas.

En definitiva, esta época demanda de gestos visibles y concretos, pequeños y grandes, en todo el orden planetario, de comprensión mutua y reconciliación que silencien los ruidos de la destrucción, la división, el odio, la venganza, la desesperanza, la falta de reconocimiento del otro, el uso constante de la agresividad y la violencia. Pero sobre todo, que sane a la humanidad de esas llagas de un pasado turbulento a un futuro pacífico de la mano con la reconciliación y la paz en un mundo fragmentado. 

 

ANGEL GOMERA 

Abogado

Santo Domingo de Guzmán

angelgomera@gmail.com

Turbas viales e invasiones: síntomas de un Estado de Derecho debilitado por Angel Gomera

 Turbas viales e invasiones: síntomas de un Estado de Derecho debilitado

Cuando la indiferencia ciudadana se mezcla con la indiferencia estatal, el resultado es un Estado que se encoge y una sociedad que se aturde en la oscuridad. En ese vacío crecen las turbas, la impunidad y la “ley del más fuerte”. Y lo más peligroso: empezamos a verlo como normal, es decir a validar el vicio.

No hay neutralidad frente al deterioro cívico. Guardar silencio ante el abuso, mirar hacia otro lado ante la injusticia y resignarse ante la violencia no es prudencia, es una forma de tolerancia social a la ilegalidad. La dignidad humana y la convivencia se protegen con denuncia, prevención y un régimen de consecuencias que se cumpla.

La falsa idea de que la norma es opcional

Se está consolidando una idea peligrosa: que las reglas son negociables y que quien intimida o agrede impone su voluntad. Esa cultura de irrespeto a la autoridad legítima se alimenta de una realidad conocida, la ausencia de un régimen de consecuencias consistente. Sin sanciones efectivas, la arbitrariedad se normaliza y la convivencia ciudadana se deteriora.

La inseguridad vial ya no es solo una estadística es un riesgo cotidiano mortal. A la elevada tasa de accidentes se suma un fenómeno especialmente preocupante: las turbas viales. Grupos que, además de infringir la ley abiertamente, reaccionan de manera colectiva y violenta ante incidentes menores: persiguen, saquean, acorralan, destruyen propiedad, agreden y, en el peor de los casos, provocan muertes. Ninguna sociedad puede aceptar eso como parte “normal” del tránsito.

Que nadie se engañe, no son “hechos aislados”. Están escalando peligrosamente. El caso de Santiago de los Caballeros, donde una turba de motoristas atacó y asesinó a un chofer de un camión recolector de desechos sólidos, encendió indignación, sí, pero la indignación sin acción se evapora. Lo peor sería normalizar la idea de que vivimos en tierra de nadie. Eso tiene nombre: anomia social. El sociólogo y filósofo francés Émile Durkheim lo describió como la falta de regulación normativa que rompe la cohesión y empuja a los individuos a actuar por cuenta propia, desconectados de las reglas compartidas.

 

De lo vial al terreno: la inacción es ilegalidad

La lógica es la misma, solo cambia el escenario. Si una turba puede imponer su fuerza en la vía pública, ¿por qué no habría de imponerse también sobre un terreno ajeno o sobre un área protegida? Las invasiones sean contra lo estatal o contra la propiedad privada envían el mensaje más devastador posible: la ilegalidad paga.

Estas conductas rompen la norma y los valores compartidos. Generan inseguridad jurídica, conflictos sociales y desconfianza en las instituciones. Y, peor aún, van instalando una cultura donde el atropello se justifica como “necesidad” o como “respuesta”. Pero la violencia nunca construye legitimidad. Hannah Arendt lo advirtió con claridad: “siempre es posible justificar la violencia, pero eso no la hace legítima”.

Ante turbas viales e invasiones de terrenos, la inacción del Estado no es un asunto menor: comunica tolerancia a la ilegalidad. Esa señal debilita la autoridad pública, erosiona la confianza en las instituciones y termina incentivando respuestas por cuenta propia. Cuando el derecho no se hace valer, el desorden se expande y la conflictividad aumenta.

 

¿Qué debe hacerse?  legalidad, prevención y consecuencias

La respuesta no puede limitarse a comunicados, operativos esporádicos y olvido legal. La ley debe aplicarse con igualdad y firmeza, sin privilegios ni discrecionalidad. Eso implica, como mínimo:

ü  Respuesta oportuna y coordinación interinstitucional ante agresiones colectivas;

ü  Investigación, identificación y judicialización efectiva de quienes agreden, destrozan o causan muertes;

ü  Fortalecimiento del control y la fiscalización del tránsito, con sanciones que se cumplan;

ü  Educación y concienciación vial, que involucre el desarrollo de una cultura ética de respeto por la vida propia y ajena.

ü  Desalojo conforme al derecho y sanción a invasores de terrenos y áreas protegidas, con medidas de restauración cuando corresponda. Sin consecuencias verificables, la norma pierde sentido; y con ello, el Estado de derecho se debilita.

Toda omisión de autoridades y de ciudadanos debilita el Estado de derecho y abre paso a la arbitrariedad. No se trata de mano firme por capricho; se trata de defender el derecho básico a circular sin miedo y a vivir sin que una turba decida tu suerte. Cuando el Estado no protege, empuja a la gente a buscar “protección” fuera de la ley. Y ahí empieza el abismo.

Que quede claro: la libertad no es impunidad. La verdadera libertad no consiste en evadir leyes, sino en confiar en un sistema justo donde todos, sin excepción, estén sujetos a las mismas reglas. El “dejar hacer, dejar pasar” frente a la violación de la ley es una invitación a la violencia. No seamos indiferentes ante las turbas viales ni ante las invasiones de terrenos y áreas protegidas. Exijamos consecuencias, con serenidad y firmeza.

Finalmente, en resumen, si el país acepta que una turba controle la vía pública o que la ilegalidad se adueñe de terrenos y áreas protegidas, entonces renuncia, en la práctica, a la autoridad de la ley. La indiferencia ciudadana o institucional no es neutral: crea espacio para el abuso y encarece la paz social. El Estado tiene el deber de prevenir, intervenir y sancionar; y la ciudadanía, el deber de exigir y respaldarlo por las vías legales. La convivencia no se sostiene con resignación, sino con normas claras y consecuencias reales.

 

ANGEL GOMERA 

Abogado

Santo Domingo de Guzmán

angelgomera@gmail.com

viernes, 17 de abril de 2026

Un corazón envuelto en trozos de primavera por Ángel Gomera

 



Un corazón envuelto en trozos de primavera


El corazón, lugar de las decisiones más profundas, donde conviven valores, designios y anhelos en un ambiente de emociones sublimes; es ahí donde florecen los almendros envueltos en versos, dejando atrás el otoño agreste que deshojó las ilusiones perdidas y aquel crudo invierno cargado de episodios fríos, dando cabidas a días cálidos repletos de fragancias rosales y perfumes.

El corazón, como espacio interior, representa lo que está detrás de la apariencia, donde se propicia en sus llanuras áridas, las verdaderas luchas de una vida que peregrina atravesando con valentía lo banal y falaz; decidida pues, a superar en cada tramo y pulsación la valoración superficial de esa imagen que no dice nada de lo que realmente debe ser, porque engaña.

El corazón, jardín edénico donde se cultiva la sinceridad; libre de poses, disimulos o espinos; escena en el que se vive con verdad y poesía, cuando se consiente libremente a que la llama divina penetre el interior e ilumine todas las zonas oscuras y falsedades más escabrosas y enredadas del alma, dándole cabida con vigor, a que renazca una existencia envuelta en armonía y plenitud.

El corazón, zona de las cosas que nadie dice, espacio de misterio e intimidad con lo sagrado. Donde más allá del discurso se habla en silencio, guiado con la brújula de la fe hacia el oasis de la paz serena. Donde más allá de las dunas calientes y sufrientes, con su entrega sin medida hace posible que se convierta cada grano de arena del desierto en pétalos de amor de una eterna primavera.

El corazón, sitio fecundo de lo auténtico, donde no solo se actúa con coherencia dejando huellas de luz en cada paso, sino que, en procura de alcanzar el ideal verdadero, se detiene a escuchar atentamente ese latido interno que le guía hacia lo realmente trascendente, más allá de los vaivenes líquidos de la vida. Es en ese nido donde la belleza de la realidad es más profunda y plena que la falsedad de la apariencia camaleónica, que sólo desdibuja la propia identidad.

El corazón, parnaso que conserva la verdad desnuda; allí en sus cuencas altas, las intenciones profundas emergen sin filtros ni máscaras, revelando la sinceridad trascendental del ser, que germina entre rimas y armonías, entre luz y follajes, entre cantos y libertad. Allí en sus cumbres cubiertas de nubes tropicales, se batalla denodadamente contra la indiferencia y la ira, los ruidos y la prisa; a fin de permanecer fiel a lo real, a la suprema bondad infinita.

El corazón, rincón de lo propio, donde las emociones utópicas cobran forma, logrando que el alma se revele sabiamente con gestos de abrazos, sonrisas y ternuras compartidas. Ahí en ese refugio físico-espiritual los ojos del alma se mantienen alertas; evitando que las distracciones digitales y los pensamientos fantasmagóricos logren sacarte del camino; ni que el pesimismo consiga inmovilizar los pasos del propósito, ni mucho menos que la resignación congele las fuerzas que provienen de la esperanza.

Definitivamente, para que el corazón viva hay que reconstruirlo con versos teofánicos de estética celestial; rociarlo con gotas sudorosas de perdón y misericordia; que se exulte en la verdad y se deleite en la urdimbre del amor inagotable; que experimente un éxtasis tan místico y único, al colmar de luz y efluvio divino cada espacio sideral de sus praderas desprovistas de primavera. Y por supuesto, para que un corazón se mantenga vivo, se debe recuperar la soberanía de la dignidad robada por la oscuridad y la fragmentación.

 

ANGEL GOMERA 

Caminar hacia un mundo reconciliado por Ángel Gomera




Caminar hacia un mundo reconciliado


Hace tiempo atrás recibí una valiosa enseñanza con vigencia eterna, a través de un proceso de formación en el que participé, en donde a los presentes se nos orientó a que, si los hijos han presenciado una controversia en sus padres, deben también ver la reconciliación entre ellos, o por lo menos estar enterados de que hubo una resolución en ese orden.

Esa recomendación sabia y edificante, se filtró en mis cavilaciones peregrinas en unos de estos días, entre gotas de lluvias, destellos de relámpagos, una taza de té caliente y dándole seguimiento a las ocurrencias noticiosas e informaciones de sucesos nacionales e internacionales; hechos algunos que recrean el espíritu, otros que en gran volumen espantan el sosiego del alma por los niveles alarmantes de conflictividad.

Al recordar la enseñanza descrita anteriormente, me puse a imaginar cuántas guerras, sufrimientos, divisiones, violencias y pleitos se hubieran evitado en la humanidad, si pusiéramos en práctica o extrapoláramos ese método de llegar a un acuerdo como alternativa a la ocurrencia de los distintos conflictos, los cuales siempre han estado presentes a lo largo de la historia del mundo. Hacer de un conflicto una oportunidad para crecer es realmente aprender de las prácticas positivas de la historia, la cual permite construir un futuro más sabio, resiliente y humano.

Pues pensar, por ejemplo, en correspondencia a esa experiencia en el plano familiar, si nuestros hijos observan que como adultos nos retiramos la palabra entre uno y el otro, nos gritamos constantemente o ven al mismo tiempo como se enfría la relación; estos según los profesionales del área de psicología, están expuestos a sufrir problemas emocionales y de comportamiento.

Contrario sería, en términos positivos y edificador, cuando estos se enteran de que el desacuerdo fue abordado y resuelto; en ese caso, además de ayudarles a reducir los niveles de ansiedad, se está promoviendo en ellos su estabilidad emocional y reforzando a su vez, la sensación de seguridad y familia sólida a pesar de los momentos complejos. Esta importante enseñanza de vida en los hijos, de seguro en un futuro cercano más allá del entorno familiar, la pondrán en práctica, procurando dar testimonio de dichas experiencias de resolución vividas a través de los comportamientos saludables legados.

Entonces, si puedo soñar por tener un proyecto de vida familiar basado en el perdón y la reconciliación a través de esas buenas prácticas como la enunciada anteriormente; no veo que sea fantasioso ni ingenuo poder soñar con un mundo reconciliado como patrimonio común de la humanidad. Este anhelo por más atrevido que parezca puede generar transformaciones significativas si se lleva a la práctica con determinación y compromiso.

Esto lo refiero a pesar de observarse en la actualidad, como gobiernos consideran que igualando o superando la capacidad bélica nuclear y de destrucción masiva que tiene el otro o los otros, es la solución única que posibilita equilibrar fuerzas divergentes; pero, entiendo que lamentablemente lo que se logra es fomentar la rivalidad de discordias latentes que entran en un abierto conflicto interminable, cuando una de las fuerzas parece aventajar a otra.

Reitero con énfasis que, aspirar a este propósito no es una utopía estúpida ni fantasiosa reitero, es un ideal necesario y vital que debe activarse entre personas, culturas y naciones hoy más que nunca donde estallidos de violencias se dan por doquier; aun estando consciente que impulsar la reconciliación enfrenta una vorágine inmensa de desafíos humanos, quiebres egoístas y heridas históricas que hace inclinar la balanza al pesimismo o hacer parecer esto como algo irrealizable.

Por eso, para que sea posible caminar hacia ese propósito, se debe transformar al ser humano desde adentro,  a fin de que se haga efectivo generar esos cambios de percepciones y actitudes en el mundo; lograr un mundo reconciliado no surge desde la base de la imposición, ni debe aflorar como una herramienta de hegemonía; este debe ser un proceso voluntario, libre, profundo y necesario para sanar esas pesadas montañas de heridas históricas que tiende a resurgir con elementos radiactivos furibundos y dañan.

Por ende, pretender forzarla es un soberano error que puede provocar más sufrimiento e ir en contra de la verdad. Tampoco ha de tratarse como una estrategia para ignorar las diferencias, ni un ejercicio de tratar de que se imponga el olvido, sino de transformar el dolor en diálogo, justicia y paz perdurable. En ese orden, hay que abordarlo con respeto a la dignidad, buscando soluciones colaborativas que hagan posible reconstruir de manera efectiva relaciones y sociedades dañadas.

En definitiva, esta época demanda de gestos visibles y concretos, pequeños y grandes, en todo el orden planetario, de comprensión mutua y reconciliación que silencien los ruidos de la destrucción, la división, el odio, la venganza, la desesperanza, la falta de reconocimiento del otro, el uso constante de la agresividad y la violencia. Pero sobre todo, que sane a la humanidad de esas llagas de un pasado turbulento a un futuro pacífico de la mano con la reconciliación y la paz en un mundo fragmentado. 

 

ANGEL GOMERA 

jueves, 22 de enero de 2026

No perdamos la brújula del buen ejemplo por Angel Gomera

 No perdamos la brújula del buen ejemplo

En nuestra sociedad se están suscitando unas series de fenómenos o comportamientos inadecuados que rayan en el mal ejemplo o en lo antisocial; los cuales, por su nivel de frecuencia, cada día toman espacios en la colectividad, más allá de las mareas de indignaciones que emanan al momento de sus ocurrencias; pero que lamentablemente al pasar de los días se cubren por el polvo del olvido o la impunidad, dando cabida a que esos desaciertos avancen hacia la normalización, a pesar de ser vicios corrosivos sociales.

Por lo tanto, no podemos perder el asombro ante el hecho de que supuestos artistas urbanos o ¨creadores de contenidos¨ profanen un centro educativo con la producción y grabación de un video cargado de vulgaridades extremas, y que todo se quede en una alarma o reacción momentánea, sin aplicar los frenos correspondientes, a través de sanciones ejemplarizadoras.  

Igualmente, no podemos permitir que se haga una costumbre, el que se mancille con ligereza nuestros símbolos patrios, centros culturales o religiosos; y que esos actos bochornosos, se pretendan resolver con una simple excusa pública; acciones incorrectas estas, que las provocan adrede, con la finalidad de ganar views o ser influencers.

De igual manera, no podemos seguir validando las violaciones agresivas a la norma de tránsito; donde por ejemplo ciudadanos conductores de motocicletas o ciertos ¨guagüeros¨, gozan de una privilegiada ¨inmunidad diplomática¨ vial o en el tránsito; ya que por más infracciones que cometan, algo impide que sean procesados penalmente por las autoridades competentes. Solo basta detenerse a observar en un semáforo y lo que sucede ahí en términos de conductas impropias, ya ni ruboriza ni mucho menos llama la atención ante el deber ser.

La corrupción se sustenta en la tolerancia social y se va nutriendo de esos pequeños actos indelicados, que por ser supuestamente imperceptibles ante el daño que generan, se van dejando pasar poco a poco, fruto de la indiferencia, al no detenerlo a tiempo, crecen y se reproducen como una avalancha bajo el influjo de la impunidad; creando destrozos considerables e incalculables al tejido social.

Asimismo, como sociedad no podemos aprobar que el ciudadano vea la corrupción como una oportunidad o un medio ¨legitimo¨ para alcanzar fines de éxitos y lucros; llegar a entender eso, es como creer que en el infierno estamos salvos y seguros. En ese orden el escritor, filósofo y periodista británico Gilbert Keith Chesterton apunta que "para corromper a un individuo basta con enseñarle a llamar ¨derechos¨ a sus anhelos personales y ¨abusos¨ a los derechos de los demás".

Permitir que roben para luego asumir a esos personajes como notables y honorables, es asumir que junto a ellos hemos perdido la brújula de la conciencia moral. Lo anormal debe evitarse ver como algo normal, porque de sistematizarse la corrupción es caer en total caos.  El filósofo griego Demócrito de Abdera, siguiendo la línea de lo anterior, expresó que ¨todo está perdido cuando los malos sirven de ejemplo y los buenos de mofa¨.

Ante esas realidades negativas, es nuestro deber no actuar en piloto automático como si fuésemos robots; es necesario volver a encontrar la brújula interna que nos muestre el camino del buen ejemplo. Entender que si esa brújula moral está deteriorada, extraviada, adormecida y nublada por la oscuridad; el ser humano estaría dominado por los vicios y expuesto al naufragio de su vida y las vidas de aquellos que le rodean.

De tal modo, que urge realizar una parada, cuestionarnos y generar los cambios proactivos que transformen e inspiren el establecimiento de la cultura del buen ejemplo. Definitivamente como asienta el reconocido escritor y clérigo inglés Thomas Fuller que ¨una buena vida es el mejor ejemplo¨. Y los buenos ejemplos fortalecen a la sociedad.

 

ANGEL GOMERA 

Abogado

Santo Domingo de Guzmán

angelgomera@gmail.com